Los gritos de Néstor y el zarandeo de las ramas que él iba trepando trajo otros ruidos desde atrás mío, podía ser una bandada de pájaros que salía espantado de sus nidos por el movimiento de los árboles. Grité a Néstor que preste atención, que use sus binoculares para ver bien. Que las aves estaban próximas y no podíamos perderlas. Grité a Néstor muy fuerte y el ruido atrás mío se hizo aún más fuerte. Ya estaban aquí, casi caigo al suelo de la emoción.
Pero no, un hombre salió de entre los matorrales llevando una red para cazar bichos. En su otra mano llevaba una pajarera de mimbre llena de mariposas de todos los colores. Su ropa era toda verde, llevaba unos anteojos sin marco y una insignia de “guardia forestal” en su camisa. Nos miró y sonrío, amablemente nos explicó que este no era un lugar habilitado, que los lunes la reserva estaba cerrada. Debíamos juntar nuestras cosas e irnos, pero podíamos volver cualquier otro día de la semana, los pájaros no iban a irse a ningún lado.
De fondo, Néstor seguía cantando. El guardia se dio cuenta de su presencia y le gritó que bajase del árbol, estaba muy alto y era muy peligroso. De fondo, Néstor seguía cantando. El guardia volvió a interpelar a Néstor. Volvió a hacerlo, volvió a hacerlo.
Néstor dejó de cantar, miró para abajo
- Lo siento oficial, pero Néstor no comprende el idioma- dijo Néstor mientras se tiraba de un eucalipto de 15 metros. Al caer, sus grandes, sin pupila y blancos ojos; y su roja sonrisa permanente, reflejaron como plástico la luz de la tarde y nos encandiló por un segundo.
2 comentarios:
A mí también me encandiló Néstor.
Y qué pasóu con el blos?
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