II

Dejamos las bicicletas al lado del alambrado y caminamos unos metros por el sendero. Yo me movía dando pequeños saltitos y pasos largos, riendo. El aire estaba fresco y el sol a punto de llegar a lo más alto del cielo, era una mañana otoñal perfecta y el viaje no podía venir mejor, Néstor y yo eramos los mejores amigos de la tierra. Néstor venía atrás mio, caminando como el siempre lo hacía, muy lento. Al no tener rodillas sus pasos eran medio robóticos, tenía unos zapatitos celestes acharolados que siempre tenían un pixel de brillo en la parte superior izquierda.  Silbaba, como los pájaros.

Con Néstor nos conocíamos desde chicos, nuestras mamas eran amigas y habíamos crecido juntos. A mí siempre me costó hacerme amigos, por eso en el colegio me mantenía cerca de él. Néstor era muy popular y no tenía ningún problema relacionándose con la gente. A todos parecía fascinarle el hecho de que sea de plástico y tan chiquito, yo ya estaba acostumbrado, nuestras mamas eran amigas y lo conocía de muy chicos.

Néstor se quedó parado en seco, yo frené la marcha y lo miré. Su sonrisa era un triangulo rojo con las puntas redondeadas ubicado en la parte inferior de su cara. Sus cejas se ubicaban oblicuas sobre los ojos, su pelo era corto y marrón y tenía el flequillo recto. 

-      Vamos a avistar algunas aves!!! Es hora de la acción!!! Sí sí sí, esta vez vamos a poder!!!  Estate listo para el avistajeeee!!– me dijo Néstor gritando de la nada mientras levantaba uno de sus puños en el aire.

Yo creí que no había necesidad de gritar, pero el entusiasmo de Néstor se me contagió, era una personita tan vivaz. Lo seguí saliendo del sendero y adentrándonos en los pantanos. Bajamos el ritmo porque era más difícil avanzar y no queríamos espantar a las aves. De vez en cuando Néstor daba vuelta 180 grados su cabeza y me miraba, poniendo su dedo índice sobre su eterna sonrisa roja.  Había que ser muy sigilosos.
Néstor se detuvo abruptamente, me explico que era mejor si él trepaba un árbol, y desde lo alto analizaba el terreno y los posibles lugares donde se podían encontrar los preciados pájaros. Me pareció una muy buena idea, como todas las que tenía Néstor. Utilizó su soga y comenzó a trepar el árbol. Mientras lo hacía cantaba

-      Hay Jo, Hay Jo, Hay Jo
Trepan trepan sobre la hierba
Cantan juegan en la isla secreta
Corren gritan en la cueva siniestra
Hay Jo, Hay Jo, Hay Jo
No se tocan, pero casi.

Que canción tan rara, pensé para mis adentros. Néstor es un muñequito de plástico muy raro. 

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